Por: Un yopaleño cansado de esperar seguridad, obligado a sobrevivir.
Harold salió aquella noche con su familia. No buscaba problemas, ni fama, ni atención. Buscaba lo mismo que todos: Un respiro, una sonrisa, un momento de paz en medio de una ciudad que hace rato dejó de dormir tranquila.
Pero Yopal, esa tierra noble que alguna vez fue sinónimo de comunidad y respeto, hoy es escenario de la más cruel indiferencia.
Harold no murió solo por los golpes cobardes de unos desadaptados. Murió también por la indiferencia de una sociedad que grabó su agonía mientras sostenía un celular; por la ausencia del Estado y por la incapacidad de unas autoridades que han hecho de la seguridad una palabra hueca y de la responsabilidad un simple discurso de escritorio.
Y aquí no hay excusas posibles.
El Secretario de Gobierno no sabe nada de seguridad. No la entiende, no la siente, no la lidera. Lo que hemos visto son “estrategias” que jamás se ejecutan, reuniones que no producen decisiones y comunicados que repiten el mismo guion cada vez que ocurre una tragedia. Hablan de “planes”, de “rechazos rotundos” y de “coordinaciones”, pero lo único que logran coordinar bien es el silencio.
El Comandante del Departamento de Policía tampoco escapa a esta vergüenza, porque llegó a descansar. El municipio se está quedando sin pie de fuerza, sin autoridad visible, sin presencia disuasiva.
¿Dónde están las patrullas? ¿Dónde las acciones preventivas? Lo que hay es una institución desmotivada, sin liderazgo, desbordada por la delincuencia y la falta de visión de quienes la dirigen.
Y el Concejo Municipal, llamado a ejercer control político, guarda un silencio tan cómplice como indignante. Ningún debate, ninguna exigencia, ninguna voz que pida cuentas a quienes han fracasado en protegernos.
La Procuraduría, por su parte, duerme su propio sueño burocrático: Observa sin intervenir, como si la tragedia no le correspondiera, toda vía se encuentran en un Estado donde se normalizó “el dejar hacer dejar pasar”.
Mientras tanto, los responsables directos de esta crisis siguen cobrando su sueldo con tranquilidad.
Y conviene recordarlo: Eso también es corrupción. Porque la corrupción no solo consiste en robar dinero; también consiste en ocupar un cargo público y no hacer nada por la gente que confió en uno.
Pero no todo puede culparse a las instituciones. La sociedad yopaleña también ha fallado.
Hemos normalizado la violencia, convertido la cobardía en espectáculo y la muerte en contenido viral. Los videos de Harold, rodeado por más de cinco agresores, son el espejo más cruel de lo que nos hemos vuelto: espectadores del horror.
Nadie intervino, nadie gritó, nadie intentó detenerlos. Solo grabaron… y algunos, incluso, festejaron, al mejor estilo del coliseo romano.
El establecimiento Plaza Juárez, escenario recurrente de riñas, debe responder ante la comunidad. No es la primera vez que de allí salen tragedias. Sus administradores no pueden esconderse tras el argumento de que “fue en la vía pública”: La seguridad de sus clientes también es su responsabilidad.
Y el guarda de seguridad del centro comercial, que observó sin actuar, simboliza esa pasividad institucional que termina costando vidas.
El Alcalde de Yopal, por su parte, parece ausente del territorio que juró gobernar.
La ciudadanía pide presencia, estrategias reales, inversión en prevención —no en discursos—.
Pero para gastar los recursos públicos de manera desproporcionada en fiestas, no hay excusas. Y el eco sigue siendo el mismo: Silencio.
El gobernador del departamento, mientras tanto, parece olvidar que Yopal también pertenece a su mapa político. Su indiferencia ya no es prudencia: Es abandono.
Todo esto nos deja una reflexión amarga: La inseguridad no solo mata cuerpos, también mata conciencias.
Harold murió dos veces: Primero por los golpes de la barbarie, y luego por la indiferencia de una sociedad que lo dejó morir.
Yopal no necesita más cámaras ni ruedas de prensa. Necesita humanidad. Necesita liderazgo, coherencia y autoridad moral. Necesita que quienes fallaron den un paso al costado, y que la comunidad recupere su voz, su civismo y su valentía.
Porque cuando un pueblo deja de reaccionar ante la injusticia, deja de ser pueblo. Y cuando el miedo se vuelve costumbre, la cobardía se disfraza de normalidad.
Hoy, Yopal debe mirarse en el espejo de Harold y decidir si quiere seguir siendo una ciudad que graba la violencia o una comunidad que se levanta para detenerla.
“Harold murió dos veces: que su nombre no se apague en el ruido del silencio».