Los periodistas somos necesarios cuando se trata de visibilizar tragedias o liderar campañas de donación de sangre.
Somos la caja de resonancia para denunciar abusos en servicios públicos, tomas de grupos al margen de la ley u obras inconclusas.
La gente nos busca cuando las EPS niegan la atención, cuando el impuesto predial es impagable o cuando las facturas de agua y luz suben sin control.
Los grandes escándalos de este país han sido revelados por la prensa independiente y por esos medios que, irónicamente, los críticos tildan de estar al servicio del poder. Sin embargo, persiste el estigma: Nos llaman «vendidos» o mercenarios al mejor postor.
Vivimos en el mundo al revés. Cuando un colega es agredido —como ocurrió recientemente con Luis Martín Mesa Paredes a manos del exalcalde de Yopal, John Jairo Torres—, en lugar de una condena unánime, surgen voces que validan al agresor y se ensañan contra la víctima.
Somos una sociedad incoherente que, en ocasiones, parece culpar al mensajero de las desgracias del país.
En mis 40 años de ejercicio periodístico, jamás he visto tal nivel de violencia verbal contra otros gremios. Nadie arremete con esa sevicia contra abogados, ingenieros o contadores.
Hoy, desde la comodidad de las redes sociales, muchos se sienten con el derecho de mancillar la honra de quienes informan. Olvidan que el periodista tiene dignidad y una familia que sufre el escarnio público.
A esta hostilidad se suma el «acoso judicial», una estrategia que busca amedrentar la labor investigativa mediante denuncias por injuria y calumnia.
Es una forma de silenciarnos a través de los tribunales cuando la violencia física no les basta.
A pesar de esta andanada de diatribas que mina la paciencia y el amor propio, no podemos renunciar. Tras cada ataque, tomamos aire y recordamos nuestra esencia: la búsqueda de la verdad y la defensa frente a los abusos del poder.
Nuestra labor, aunque no siempre reconocida, sigue siendo el último refugio de la comunidad ante la injusticia.
Por: Jorge Luis Ospina Macías