«Así viví la tragedia de Armero hace 40 años en el Líbano – Tolima»: Jorge Luis Ospina

Aquel martes 12 de noviembre de 1985 regresaba a mi casa en el Líbano luego de compartir con mi amigo de la radio, Álvaro Cubillos Páez (QEPD).

Eran las 9:30 de una noche oscura, tan densa que la niebla parecía entorpecer mi camino. Al guardar la sombrilla tras el trayecto de doce cuadras, noté algo extraño: Estaba empapada con una mezcla de agua y arena. En mi ignorancia, no podía prever la tragedia que ya asolaba a solo 32 kilómetros de allí, en el próspero municipio de Armero, Tolima.

Al día siguiente, salí a trabajar a las 5:45 de la mañana y prendí mi pequeño radio: Yamit Amat, en Caracol, entrevistaba a un piloto que había sobrevolado Armero y describía una escena dantesca: Lodo, piedras y toneladas de barro arrastradas por el río Lagunilla. Recordé los cultivos de arroz, algodón y maíz de aquel lugar. La noche anterior, sin saberlo, habíamos perdido a miles de personas y a una comunidad entera.

Cuando caminé hacia Radio Libanense, donde trabajaba, noté algo insólito: Las calles y techos estaban cubiertos por una capa de arena de 10 centímetros de espesor, como si fuera nieve.

Las calles lucían como los caminos de los Alpes suizos. Se calculó que fueron casi 11 horas de lluvia de arena y ceniza volcánica, mientras los ríos Lagunilla, Recio, Gualí y otros se desbordaban arrastrando todo a su paso.

En la emisora, Eliecer Herrera, gerente de Radio Libanense, nos ordenó mantener la transmisión continua de Caracol para informar a la población.

Recuerdo a mi compañero de trabajo, Ricardo Rubio Castro, quien, desesperado por la noticia, decidió ir a buscar a su familia en Armero, pedaleando 32 kilómetros en una bicicleta Monareta roja que yo le presté, pues el tránsito vehicular estaba prohibido.

Al mediodía partió, con la esperanza de encontrar vivos a sus seres queridos. La tragedia dejó una marca imborrable; las calles estaban cubiertas de lodo y cadáveres, semejando un campo de batalla.

Pasaron dos días sin noticias de Ricardo. Cuando finalmente regresó al Líbano, su semblante era irreconocible: estaba demacrado, sus ropas destrozadas, y en su mirada se adivinaba el horror de lo que había presenciado: personas atrapadas, ladrones aprovechándose del caos y, como muchos, quedó marcado por la impotencia y el dolor de esa tragedia.

La historia de Omaira Sánchez, la niña atrapada entre los escombros y convertida en símbolo de coraje, nos mostró la vulnerabilidad humana ante la naturaleza y la negligencia.

La tragedia de Armero demostró la ineptitud del Estado, que, a pesar de tener los recursos, no pudo prevenir el desastre.

Hoy  40 años después, no sé nada de mi amigo Ricardo. Si alguien lo conoce o tiene noticias de él, le pido que se comunique conmigo y me cuente cómo ha pasado todo este tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por: Jorge Luis Ospina Macias